Una moneda en mis pies

Los tiempos de trabajo con Olga suponían un reto para las dos, las preguntas eran bidireccionales y un día quiso saber cómo había sido mi decisión de trabajar con un colectivo tan desconocido para la sociedad en general.

Yo tenía por entonces diecisiete años, había acabado la selectividad y me faltaba por  hacer la preinscripción para una carrera universitaria. Supongo que a esa edad todos estamos igual de confusos para tomar tan tremenda decisión. Quería que me ayudasen y por eso fui hasta la Casa de la Juventud de mi ciudad para hablar con la orientadora laboral y solventar algunas dudas. Al salir vi un cartel escrito a mano con un montón de números de téléfono al final de la hoja que decía:

Se necesitan voluntarios para trabajar con niños autistas durante el mes de julio

Arranqué uno y me fui, sentía muchísima curiosidad pero no tenía dinero para llamar desde una cabina. Seguí caminando sin poder pensar en otra cosa y de repente escuché algo que se había caído al suelo, era una moneda de cinco duros! Sin pensarlo la cogí, me levanté buscando alrededor a la persona a la que se le ha caído pero no había nadie. Estaba sola y aquella era la cantidad exacta que me permitiría hacer una llamada local desde un teléfono público.

Me gusta pensar que el destino me lanzó una moneda a los pies… no pude resistirme a que me embrujara esta casualidad. Después vinieron las primeras vivencias y el propio embrujo del autismo. En palabras de Theo Petters  “me picó la mosca del autismo”, según su Decálogo del profesional especializado en autismo, esto es estar atraído por las diferencias, tener una imaginación viva, ser capaz de dar sin obtener, saber adoptar un estilo de comunicación y una interacción social natural, ser valiente para “trabajar solo en el desierto”, jamás estar satisfecho de lo que sabemos, aceptar que todo progreso lleva a nuevos problemas, tener capacidad pedagógica, estar listo para trabajar en equipo, ser humilde… A lo largo de los años me he visto envuelta en conversaciones con mis compañeras y compañeros de trabajo en las que hacíamos referencia a esa fascinación, entrega y peculiaridad de los que nos dedicamos a ésto.

Autores con autismo como Donna Williams, que promueven la defensa del autismo como condición, como cultura y no como enfermedad han sido una gran influencia para mi. Donna hizo una magnífica aportación introduciendo la idea de que existe un tercer grupo de personas además de los neurotípicos y los neurodivergentes, estos serían los “gadoodleborgers” es decir las personas puente entre ambos. El trabajo de Donna ha sido revelador para mi y estoy segura de que esa es la clave, trabajar desde el respeto para crear puentes y derrumbar fronteras. 

Capítulo del libro Me duele la luna.

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Imagen: Emma Ovín

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